André Kostolany: un viejo zorro de la Bolsa

Uno de los libros que destacan por encima de la mayoría sobre el mundo de la bolsa es, en mi opinión, el de André Kostolany, El fabuloso mundo del dinero y la Bolsa.

Este fue el primer libro que leí sobre este mundo, y a decir verdad es el que quizá contenga la visión más sensata sobre lo que alguien que se aproxima a la bolsa debería hacer; aunque al mismo tiempo el mismo Kostolany reconoce que no todo el mundo está hecho para este mundo.

Kostolany libros

No es fácil ser especulador, y la mayoría de las personas harían bien en alejarse de este mundo, o al menos no acercarse demasiado; y si lo hacen que al menos sea desde un punto de vista a largo o medio plazo y mediante el estudio y el duro trabajo personal, y nunca de manos de gurús que prometen el oro y el moro, sobre todo con operaciones a corto plazo, o lo que más comúnmente hoy es llamado day trading.

Kostolany no era un amante de éste, más al contrario alertaba por activa y por pasiva de que los únicos beneficiados de dicho juego eran los brokers y comisionistas.

Cuantas pérdidas se hubieran ahorrado de seguir esos consejos.

En mi caso, caí en la trampa de que los beneficios tenían que estar, de alguna manera, en el corto plazo y el day trading, y lo pagué caro.

Ahora que lo pienso, casi que hubiera sido mejor no leer más libros de trading a corto plazo, y haberme quedado en ese simple libro de Kostolany.

El fabuloso mundo del dinero y la Bolsa

Este libro es una especie de biografía de la vida de Kostolany, donde nos cuenta la mayoría de sus aventuras y anécdotas en el mundo de la bolsa. Además nos relata de manera amena la evolución del mundo de la Bolsa desde la Edad Media y como ya en la época del Imperio Español había grandes fiebres de negociación bursátil.

La frase más significativa del libro es la que dice: “quién añora pequeñeces no merece grandezas”. Aquí Kostolany nos dice en pocas palabras lo que la experiencia de sesenta años le enseñó, y es que la mejor manera de obtener grandes beneficios a largo plazo era la de dejar correr las ganancias cuando se estaba en lo correcto, y para ello lo mejor era operar en el medio plazo, que según él, sería un periodo de más de seis meses hasta tres años, y eventualmente cinco.

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Su receta fundamental era la de comprar cuando suenen los cañones y vender cuando suenen las trompetas.

Sin lugar a dudas no lo veríamos comprando el Dow Jones en julio del 2014. Pero esta receta no puede venir hecha, ni ser aprendida de manera fácil.

Para la misma se ha de tener una especie de intuición y cultura general que permitan ver el conjunto de las condiciones del mercado y ver si es adecuado entrar o no en un determinado sector.

El suyo, sería pues una especie de trading macroeconómico, mezclado con la intuición de saber entrar en momentos en los que las masas se muestran más frenéticas; esto es lo que se llama ir a la contra.

De los inversores o especuladores actuales más parecidos a este método me viene a la cabeza Jim Rogers, el cual parece seguir la filosofía del maestro Kostolany, teniendo, incluso, la costumbre de vestir pajarita, como lo haría el viejo húngaro.

Una de las trampas en las que uno puede caer cuando lee este libro si es un novato, como me ocurrió a mí hace ya bastantes años, fue el creer que lo que predicaba Kostolany era el comprar acciones baratas, que habían caído mucho, y venderlas caras años más tarde, por eso al principio me lance a la compra de algunos chicharros del Nasdaq allá por el 2007, pensando que alguno de ellos se multiplicaría por diez en poco tiempo, ya que los había comprado con un descuento importante; en algunos casos más del 90%. Craso error, que más tarde pagué con alguno de los valores, el cual se fue a cero. Esto es lo que ocurre cuando compras compañías en tendencia descendente de años, y en definitiva empresas fracasadas.

Algunas se dan la vuelta, pero buena parte de ellas se van a cero, es decir quiebran por completo y desaparecen. Aunque Kostolany nos da algún ejemplo de alguna inversión en alguna empresa que se estaba comportando mal, y más tarde se recuperó, como aquella automovilística del mercado italiano, su consejo no era el de comprar ese tipo de chicharros.

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Su manera de operar tenía más que ver con el análisis macroeconómico y social de las condiciones generales, y sobre todo con el conocimiento de los ciclos de los tipos de interés. Sabiendo donde nos encontramos en los ciclos de la sociedad, tenemos una ventaja para operar a medio plazo.

Como decía Kostolany:

“Puesto que no se puede seguir totalmente la evolución del factor psicológico, considero que la evolución del tipo de interés a largo plazo es el barómetro más decisivo de la Bolsa”.

Aparte de esto nos habla constantemente de las condiciones psicológicas del mercado y de las fases en el que se encuentra el mismo, siendo en la última de las tres fases, la de exageración, cuando el especulador debe actuar.

Esto es lo mismo a comprar activos en Diciembre del 2008 y venderlos en los años sucesivos, para volver a comprarlos cuando se presente la oportunidad.

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Otra de las frases curiosas de su libro es cuando nos dice que cualquier especulador que no se ha arruinado al menos dos veces en su vida no se puede considerar que merezca aún ese nombre, lo cual nos dice que Kostolany mismo se arruinó más de una vez en su vida. No obstante hay que decir, que es muy difícil, si no imposible poder llegar a vivir de esto si no se dispone un capital previo importante.

En el caso de Kostolany, alcanzó la independencia financiera con el crack de 1929/32, pero eso no lo pudo conseguir sin previamente disponer de un capital importante para apostar a la baja; capital que o bien era de su familia, o bien era el ganado por el mismo Kostolany como bróker en la Bolsa de París. Además cuando fue a los Estados Unidos, fue el presidente de una compañía por diez años, además de escribir numerosos libros durante toda su vida. Algo parecido hizo Jim Rogers. Este montó una fortuna de varios millones de dólares en la década de los setenta, y esa fortuna fue la que le permitió vivir siendo un especulador y operando de manera inteligente a partir de ahí.

No obstante, nunca podría haber sido un especulador si antes no hubiera ganado millones de dólares como comisionista del legendario hedge fund que creó con Soros.

La gente no coge dos mil dólares, se pone a operar o especular por su cuenta y acaba millonario sin necesitar trabajar nunca más.

Esto no es así.

La mayoría que viven de sus inversiones a medio o largo plazo tuvieron que acumular un capital previo, y el mismo no fue operando de manera particular, sino más bien desde el otro lado de la ecuación: como comisionista. Luego, con el paso de los años, la mayoría de esos comisionistas siguen con su negocio de comisión, porque es lo que les resulta más cómodo y lo que mejor saben hacer. No son especuladores, o no tienen la madera para serlo. Montan empresas de inversión o brókres propios y viven de lo que aprendieron cuando trabajaron para otras empresas.

Luego están los especuladores como Kostolany o Rogers, que una vez teniendo el suficiente capital, deciden salirse del lado comisionista y embarcarse en la aventura de la meditación a solas con los mercados.

A eso es a lo que Kostolany se refería cuando decía:

Un millonario es aquel cuyo capital o renta no depende de nadie y es suficiente para satisfacer sus aspiraciones y necesidades. Que no trabaja, que no tiene que inclinarse ante un jefe ni ante los clientes y que puede mandar al infierno a todo aquel que no le agrada. Esto significa el mayor lujo en la vida. El hombre que puede vivir así es el verdadero millonario.

Otra de las cuestiones que resalta constantemente en su libro y en la que coincido plenamente es en el no hacer caso de los rumores del mundillo.

André Kostolany consejos

El ejemplo donde mejor lo explica es cuando nos habla de un amigo que tenía en una gran empresa que le había dicho que el negocio iba bastante bien, pero que todavía no era momento de comprar, que había que esperar. Su amigo, le dijo que cuando llegara el momento le avisaría.

Kostolany, mosqueado, echó un vistazo a la cotización de la acción y estaba en 160, siendo un único grupo el comprador de las mismas.

La acción había bajado de 250; haciendo caso a su instinto compró un paquete de las mismas.

Cuando su amigo le avisó que era el momento de comprar las acciones, estas cotizaban a 300. Y en este caso, no es porque su amigo fuera mal intencionado, sino es que como bien sabe Kostolany en el mundo de la Bolsa, las cosas nunca salen como se planea, y antes de llegar al resultado final darán numerosas vueltas de lo más impredecible.

André Kostolany oro

Un asunto en el que no estoy de acuerdo con él es el del oro. Y es que Kostolany fue un férreo defensor de que el oro debía ser extirpado del sistema monetario internacional.

En este sentido era un keynesiano convencido, y además pensaba que la salida de la Gran Depresión de muchos países como Gran Bretaña fue gracias al abandono el Patrón Oro.

Aquí no voy a añadir mucho, salvo decir que sí, que estaba en lo cierto de que “eliminando” el Patrón oro, las cosas aparentaron ir bien, y aún lo aparentan, pero que a largo plazo el resultado será lo que él tanto temía: la completa socialización de las economías y por tanto el final de la Bolsa.

Ese tipo de soluciones, como la mayoría que han ido tomando los líderes demócratas de Occidente durante el último Siglo (y más allá) no son sino parches o como diría mi madre: “pan para hoy, hambre para mañana”.

André Kostolany anécdotas

Otra de las anécdotas más interesantes de su libro es cuando nos cuenta como cuando iba de vacaciones a Budapest, la cual por aquella época estaba bajo la dictadura socialista, podía encontrar a antiguos bolsitas de edad avanzada reunidos en las viejas cafeterías de la ciudad, hablando y debatiendo con la mayor vitalidad, sobre los asuntos bolsísticos.

Kostolany encontró un grupo de hombres en los ochenta y noventa años, que a pesar de haber sufrido la confiscación de sus inversiones, y de no poder ejercer su actividad favorita, se reunían de la manera más alegre.

Y es en momentos como ese, cuando te das cuenta de que se puede ser feliz sin tener dinero.

Probablemente serían más infelices los líderes socialistas de aquellos países, amargados en su utopía, al ver que la sociedad no se transformaba en su augurada Edad de Oro socialista, que estos hombres, que a pesar de habérseles expropiado casi todo, veían la vida con otros ojos, con los ojos de la libertad.

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