QEs, hiperdeflación e hiperinflación

Hace años que vengo leyendo al Profesor Fekete. Sus lecturas son una auténtica delicia en medio de un panorama desolador, en el cual, gente como Krugman, Stiglitz o Bernanke, son los que marcan el panorama y el estándar que siguen la gran mayoría de académicos del mundo, así como de aquellos que creen que los gobiernos son la solución a los problemas o que estamos en un modelo capitalista (una gran mentira).

El mismo siempre se ha caracterizado por decir que el verdadero riesgo al que estamos expuestos en nuestra economía hoy día es al de la deflación, usando la palabra hiper-deflación en ocasiones, palabra que yo también uso, pues al igual que él, creo que nos encontramos en medio de un fenómeno de ese tipo.

Una deflación que será mucho peor que la de los años treinta y la Gran Depresión de los Estados Unidos.

Al igual que nos lleva diciendo desde principios de los 2000, antes y durante la crisis mundial actual, Fekete nos ha viniendo diciendo que no ve hiperinflación por ningún lado, muy a pesar de que algunos economistas de la escuela austriaca o pro-oro hayan estado alarmando sobre ese proceso desde hace años.

De hecho, nunca recuerdo a Fekete nombrar que acabaríamos con una hiperinflación, sino que, más bien, el escenario final sería uno de hiperdeflación, o como él mismo decía “muerte súbita”.

Algo así como un colapso financiero y económico total, en el cual quebraría todo Dios, casi sin darse cuenta.

Algo parecido a los colapsos de las bolsas de Islandia y Chipre, pero incluso peor, al tratarse de los países más importantes del mundo, empezando por los Estados Unidos.

Sin embargo, en una entrevista que hizo en el año 2010 en Madrid, dejó caer la posible hiperinflación, pero que la misma tendría lugar solo después del colapso deflacionario. Y esa, en cierto modo, es la tesis a la que más me acerco, sin descartar nada, por supuesto.

Al igual que Fekete, y al contrario que muchos, no veo a los mercados y sociedades entrando en una espiral hiperinflacionaria en estos momentos ni próximamente.

Como bien dice Fekete, para que se de ese escenario deber haber una destrucción de la producción y de los inventarios. Cosas así, se dan en escenarios de guerra, y también, y sobre todo, en escenarios con políticas de extrema izquierda, es decir, confiscaciones, regulaciones masivas y, finalmente, controles de precios.

Escenarios como esos son los experimentados en los últimos escenarios hiperinflacinoarios.

El bien conocido de Zimbabue, con la confiscación de la mayor parte de las tierras del país a los propietarios anteriores, y la de Venezuela en la actualidad, la que está desarrollándose delante de nuestros ojos (100% de inflación anual en este momento), causa de confiscaciones y controles de precios masivos también.

Ese es el verdadero camino de las hiperinflaciones.

Destrucción de la producción nacional e hiperinflaciones

Es con esa destrucción de la producción nacional como se sientan las bases para que nadie en todo el mundo quiera la divisa del país.

Eso, unido a que en el país está paralizado mediante regulaciones y psicópatas en uniforme, es la garantía para que la divisa nacional vaya cambiando de manos de manera cada vez más rápida.

¡Tonto el último!

Como diríamos cuando jugábamos de niños.

¿Estarán los líderes de Syriza ahorrando en la divisa de su gobierno más admirado, en bolívares?

Evidentemente, esas condiciones no se dan todavía en los Estados Unidos, Europa o Japón por mucho QEs que hagan.

El mito del QE es que con el mismo los gobiernos están usando la impresora y que la inflación es inminente. Así llevan 25 años en Japón, pero a pesar de todo eso, no parece que haya habido mucha inflación allí.

El QE no es sino una medida desesperada para salvar un sistema de deuda fallido, salvando con ello los balances de los bancos, y demás aliados de los gobiernos.

Los QEs van más a la compra de bonos y “refinanciaciones” de deuda, que a los mercados de bienes y servicios de las economías de Occidente.

Digamos que el dinero desaparece absorbido en los mercados de bonos. Ante ello, los Bancos Centrales no pueden hacer nada. Ni es que les interese tampoco.

Lo que están haciendo los bancos centrales es asegurando que el colapso deflacionario final sea lo más severo posible, de hecho, y gracias a ellos, mucho peor que el de los años 30 del siglo pasado u otras depresiones anteriores.

En el fondo, es como si les interesara dicha resolución del tema.

Será solo cuando se dé el colapso final del ciclo deflacionario, cuando tengamos a la gente desesperada pidiendo ayuda.

Por supuesto, el primero – y único – que  estará en la cola para dar esa ayuda será el Estado, y la serie de políticos populistas y bananeros que están empezando a aparecer en Europa.

En Estados Unidos también acabaremos por verlos.

La característica principal de dichos líderes, los cuales serán venerados hasta en los libros de historia, será que son muy «sociales», y como yo prefiero llamarlo, “amigos de lo ajeno”.

Sus gritos de guerra vendrán acompañados con soflamas contra los “ricos”, cuando buena parte de los ricos estarán riéndose a carcajadas en sus torres de marfil.

Los “ricos” que serán sacrificados serán la clase media de las naciones occidentales, sobre todo los pequeños y medianos empresarios, los cuales serán los primeros en abandonar, cuando empiecen a implementarse las medidas tan queridas por los líderes populistas.

Será en un escenario así, cuando empecemos a ver problemas de verdad en las líneas de abastecimiento, problemas que serán achacados a los que queden de los empresarios pequeños. “Acaparadores”, les gritarán las masas, alentados por los gobiernos de turno.

La realidad será otra.

La realidad será que la producción del país comenzará a caer irremediablemente y a entrar en una espiral de locura control cada vez mayor.

Todo tendrá un final, un soporte, por supuesto, pero el mismo será con una prosperidad mucho menor que la actual, y con un Estado mucho mayor.

Por tanto, finalmente, la hiperinflación no será sino una consecuencia de la hiperdeflación. Lo cual significa que la primera es, en realidad, la segunda.

Esto no deja de repetirse una y otra vez en la historia humana. Y no será nuestra civilización la primera que lo evite, desgraciadamente.