Trabajos por decreto y el verdadero paro de España

“No hay esperanza para la civilización, cuando las masas están a favor de las políticas nocivas”

Ludwig Von Mises. Gobierno Omnipotente.

Hay una playa a la que llevo yendo desde que era niño. Recuerdo ir a esa playa desde que tenía uso de razón. Una playa tranquila y fabulosa para cualquier día de verano con un poco de sol. Una delicia para los niños.

Una cosa que recuerdo perfectamente es que antes no había vigilantes de playa, por ejemplo, cuando era un adolescente no había de esas cosas. Era algo que solía ver en la serie “Los vigilantes de la playa” con la despampanante Pamela Anderson.

Desde hace ya varios años, y no recuerdo cuando exactamente, nuestras playas y buena parte de las piscinas tienen que tener por decreto a determinados vigilantes de la playa.

Por supuesto, esto es algo que la gente normal, es decir, la mayor parte de la gente ni se para a pensar por un segundo. Para esa gente, estos vigilantes se han convertido en algo esencial de la playa o la piscina. Mucha de esa gente te dirán que sí, que son necesarios, sin preguntarse si son necesarios de verdad en todas las playas o piscinas e las que están.

Viendo la serie mencionada antes, siempre pude entender que en aquellas playas de California tuvieran vigilantes de ese tipo. En la serie se veían tiburones, constantes ahogamientos, problemas de salvamento de todo tipo y muchos más. Era un sitio relativamente peligroso.

Sin embargo, la playa que menciono – y la mayoría a las que voy en España que tienen vigilantes – son playas de lo más tranquilas. De hecho nunca pasaba nada cuando era niño. A veces se ahogaba algún anciano, más causa de algún ataque al corazón por viejo que por otra cosa, pero nada más. Nunca nos decíamos: “aquí debería haber un vigilante”. Al menos teníamos claro que si alguien nos viniera y nos dijera, tenéis que pagar 1 € al día por pagar un cuerpo de vigilantes de playa, les hubiéramos dicho: “¿Para qué?” o “págalo tú”.

Cuando voy en verano a esa playa y me pongo cerca del puesto del vigilante en cuestión, puedo ver como el pobre chaval está todo el rato muerto del aburrimiento bajo la sombrilla o hablando con alguien, cosa normal, teniendo en cuenta que la playa es poco más peligrosa que una piscina de 1 metro de profundidad. Después de todo, antes no había vigilantes y no pasaba “nada”.

Aunque, este es un caso aún medianamente justificable, teniendo en cuenta de que en verano hay miles de personas en esa playa.

Otros casos más patéticos es cuando voy a una pequeña playa o piscinas en las que hay un vigilante para cuidar a 50 personas en un sitio ridículo. Sitios en los que hace 20 años no había vigilante ni nada que se le pareciera.

Trabajos como esos casos, hay hoy a la patada y en todos los sectores de la economía. Trabajos que son aparentemente privados, pero que privados solo tienen la letra en el contrato.

Después de todo, esto tampoco es una crítica contra la profesión en sí, la cual me parece una de las más bonitas del mundo.

Es una profesión maravillosa, sobre todo cuando se trata de vigilar sitios en los que de verdad es necesaria dicha vigilancia.

El problema y la crítica van más bien contra los trabajos por “decreto”. Es decir, todos aquellos puestos que han surgido en los últimos 30 años que son consecuencia de decretos y leyes.

Trabajos que no existirían en la vida real en su mayor parte en ausencia de esos decretos y leyes, básicamente, porque no son necesarios o nadie los pagaría en su sano juicio.

Trabajos, llamémoslo así, keynesianos, que no difieren mucho de cavar zanjas y volverlas a tapar.

Trabajos de mentira, vamos. O sea, que si no existieran, todo seguiría más o menos igual.

Trabajos de los que la sociedad española está llena hoy en día.

El problema es que, aunque en términos de producción, esos trabajos no aportan prácticamente nada, sí que aportan una enorme factura en la cuenta del pasivo, consumos o gastos.

Es decir, esos trabajos cuestan dinero a los contribuyentes.

Esos trabajos pueden constar como ocupados, pero a la hora de la verdad, desde mi punto de vista, no son sino parados encubiertos. La mayoría de ellos cobran porque el Estado manda que exista ese puesto. Porque el Estado obliga al pequeño establecimiento hotelero a tener dos piscineros por “X” metros, cuando el hotelero solo tendría uno si no le obligaran.

Así, tendríamos a buena parte de los trabajos creados en este país en los últimos 30 años. Es decir, trabajos que dependen del Estado.

Trabajos que la gente tiene metido en la cabeza que son necesarios, pero que no son más que fantasías con las que se nos han comido el cerebro desde hace mucho tiempo.

 

La fantasía de las cifras del paro en la actualidad

 

Recuerdo una entrevista del polémico Daniel Estulin, con el que no estoy de acuerdo en algunas cosas, pero sí en otras. Una de las cosas que recuerdo de aquella entrevista era su total pesimismo hacía España, y el hecho de que pare él, el verdadero paro de España era el 40%. Vamos, que España tenía un futuro más bien negro.

 

paro real España

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Cortesía de Pixabay

 

En ese sentido, creo que no se equivocaba mucho. El verdadero paro de España es mucho mayor que las patéticas cifras oficiales.

El paro oficial no refleja que hay varios millones de estudiantes que están estudiando pero que si no estudiaran no encontrarían trabajo en su vida.

Tampoco refleja que varios millones de puestos de trabajo, son puestos por “decreto”, o como yo los llamo también, “soviéticos”. Incluidos la mayoría de las instituciones públicas y relacionados.

Trabajos produciendo, lo que se llama producir de verdad, hay pocos. De los aproximadamente 17.454.000 de ocupados en el primer trimestre del 2015, yo diría que trabajando de verdad, en los sectores reales de la economía, solo hay unos 10 o 12 millones (con suerte).

Si sumamos los parados oficiales a los trabajadores por decreto y muchos otros, tendríamos que el paro oficial en España es mucho mayor del 24 o 25%. Algo más cercano al 40% que dijo Daniel Estulin en aquella entrevista, aunque yo diría que más.

Aunque, después de todo, este es un fenómeno que es parecido al del todo el resto del mundo.

Por ejemplo, muchos preferimos mirar las estadísticas de la U6, a la hora de medir el desempleo de los Estados Unidos y no las fantasiosas del U3.

Lo que, en cierto modo importa, es que el paro de los diferentes países tenga una vara de medir homogénea.

Después de todo, la totalidad de los países del mundo tiene su buena ración de trabajos por “decreto” o “soviéticos”.

Como todo el mundo sabe, la vara de medir homogénea del paro actual pone a España a la cabeza de la lista del peor mercado laboral del mundo.

También tengo que reconocer que el paro de España tiene causas más graves que el mercado laboral por “decreto”. Este no es sino uno más de los innumerables problemas regulatorios y de burocratización masiva que tiene la sociedad española.

Entre los pensionistas, los funcionarios, los parados, los que perciben ayudas sociales, los que tienen trabajos por “decreto”, semipúblicos, etcétera, doblan o triplican a los que, más o menos, ganan el sustento con una actividad privada más o menos real.

Con esas premisas veo el futuro muy gris para España.

La situación está tan embriada y tan escorada hacia el estatalismo que no veo como se podría implementar una ligera liberalización genuina de la economía.

Algo así, me temo que no se va a producir.

El camino por delante, me temo, aún más estatalismo. Tanto, que quizá un día acabemos metidos en un socialismo radical sin habernos dado cuenta.

Un día en el que todos los puestos de trabajo serán por “decreto”.

Lo único positivo es que ese día no habrá “paro oficial”.

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